Pegatinas

Hace unos días estaba tirado en un sofá de Huelva devorando capítulos vascos de la obra por la que se recordará a Aramburu, cuando me asaltó un pensamiento bobelas, de esos que te mantienen suspendido unos minutos en no sabes dónde.

Uno es desorganizado hasta para pensar pero la cosa más o menos fue así: una frase del libro me llevó a las vocaciones y me adentré en la mía. ¿La tenía? ¿Había algo en mi profesión que me atrajera desde niño? Siempre he dicho que la justicia es poética pero la administración de la misma es algo terrible y además estudié Derecho por una cuestión puramente práctica. No había abogados en mi familia. ¿No me gustaban las pelis de juicios? Claro, pero todos los abogados de las películas me parecían unos perdedores, aunque ganasen su caso o incluso si ganaban más pasta que los de La Ley de Los Ángeles.

Y no sabes cómo se te revela de pronto que sí, que había algo del Derecho que te fascinaba: la propiedad industrial, las marcas, los signos distintivos usados por empresas en el mercado, el sentimiento de pertenencia y exclusividad que originaba un dibujo, una forma, unas letras y, de repente, ¡zas!, las naves de mi pensamiento aterrizaron en las pegatinas, en aquellas pegatinas que yo pegaba en la portada de mis carpetas y clasificadores.

Entonces era fácil que las revistas de música incluyesen pegatinas de las bandas y yo desfilaba feliz por el cole y el insti con la de ZOSO, con el logo de Queen o de Stryper, o el prisma del “Dark side of the moon”. Pero las que más me molaban eran las que me regalaba un tío que administraba gasolineras. Yo no sabía ni qué era un limpiador de inyectores pero ningún año faltaba en mis libros una pegatina de Wynn’s, los caballos trotones de 3CV o el perro escupefuego de seis patas de Agip. Dios, ¿hubo un logo más bonito?

Últimamente, veamos Ángel, ¿qué pegatinas te han regalado? Hay una de WordPress que está pegada en la funda del MacBook, una de Evernote en la carcasa del disco duro externo donde hago Time Machine y otra de Hootsuite que unió su destino para siempre a la portada de una Moleskine. Para de contar.

Se dan menos pegatinas. Especie en extinción. A mí me molaría más que la gente me diese una pegatina de su firma antes que la tarjeta de visita. Solo con el detalle ya recordaría a esa persona para siempre, su cara, su mail, su número telefónico y hasta el nombre de sus hijos o el cumpleaños de su perro.

Al regresar de estos recuerdos, volví a las primeras hojas de “Patria”. Allí estaba. Mi guardapáginas favorito: una pegatina rectangular de Eresmás, aún inmaculada aunque con alguna ligera doblez. Su tipografía tan noventera, su pantone elegante pero ya demodé. “De esa aventura sí que formamos parte, Ángel”, me digo. No he querido pegarla a nada, para que no se pierda con las cosas.

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