Falsas impresiones

Domesticaron el plástico y las resinas para pudieran ser modelados por máquinas de impresión cada vez menos aparatosas. El estado de la técnica se perfeccionó exponencialmente hasta el abaratamiento delirante.

Así, no tardó en llegar el día en que cada hogar tenía su propia impresora 3D con la que se generaban, de forma rápida y con coste absurdo, los objetos más diversos: alguien imprimía un zapato nuevo o solo el tacón desmochado, otro una pieza del coche que suplía a la averiada, aquél un juguete calco del que había visto su niño en un catálogo. Hubo quien se imprimió un brazo ortopédico que remedaba al amputado, y quien se facturó dentaduras que vestían perfectamente las encías con piezas de esmaltado deslumbrante. Durante un tiempo se premiaron las réplicas más ingeniosas y las más abominables.

Los titanes tecnológicos variaron su rumbo y todas sus partidas de inversión se destinaron a la fabricación y el perfeccionamiento de impresoras 3D, lo cual fue su gloria y su mármol. En pocos años cualquier cosa fue susceptible de ser reciclada como cartucho de impresión tridimensional, de modo que mucha basura se fue convirtiendo en arte o recobraba la utilidad perdida cuando fue desechada.

Vino después una auténtica fiebre de la impresión: la menor idea cobraba volumen y color apenas ser concebida. Se fue comprendiendo que la unión de varias impresoras bastaba para construir objetos cada vez más complicados, cada vez más funcionales y bellos. Si antes alguien imprimía un repuesto para la lavadora, ahora entre varios vecinos se imprimía la lavadora entera, con sus botones, sus gomas, su circuitería y un diseño personalizado hasta el capricho más nimio fruto de una imaginación escaneada.

La lógica tiende siempre al vicio de la redundancia y no se demoró mucho la hora de empezar a imprimir impresoras 3D. Su número fue fatigoso en cada casa y pronto la solidaridad fue irrelevante para que cada uno se fabricase su mundo artificial, hermoso, falso, recién hecho. Sin aroma.

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