De magos y mortales

La primera vez (conocida) que alguien entró en mi sistema informático fue en enero de 2009. Fue P. y lo hizo mientras hablaba con él por teléfono. Recuerdo decirle que le enviaría cierta documentación por email y su contestación fue: “No hace falta, entro y copio”.

Esa respuesta me subyugó y no opuse ninguna resistencia. Quizá un breve “¡Ehh…”.

No tardó mucho más tiempo en tener en su poder el archivo del que yo habría precisado para componer el mail con el adjunto, por lo que sospecho que él ya había jugueteado con los puertos de mi router unos minutos antes.

¿Advertencias legales? Con P. nunca sirvieron para nada. Dejé el tema por imposible.  P. construía soluciones de ciberseguridad para empresas y con frecuencia recibía propuestas algo más que deshonestas de la competencia de sus clientes. P. entonces convertía a esa competencia en su reto personal.

– Lo de que “quien roba a un ladrón”, no juega aquí – le decía. Un día voy a tener que ir a asistirte a comisaría, cabrón.

– ¡Nah! ¿Por qué delito? [guiño]

A pesar de que unos minutos después de colgar, P. me envió un informe completo de cómo se había colado “hasta mi cocina”, yo me seguía sintiendo como uno de esos tipos a los que un prestidigitador saca una bola de la oreja delante de un público muerto de risa.

En Rincón del Vago siempre he trabajado al lado de los técnicos. De los informáticos.

A veces sentado con ellos durante días o semanas, diseñando un proceso, una funcionalidad, una aplicación. Parte indispensable de la cadena de producción, tipos capaces de transformar en código proyectos que uno solo sabía describir a lápiz y con torpes esquemas.

Luego lanzabas eso y era utilizado por miles de personas que pensaban que era fascinante que alguien hubiera podido construir algo así, subirlo a internet y que se pudiera usar gratis. “Dios os bendiga” y tal.

Supongo que a buena parte de nuestro público le parecería mágico, pero sabía que era una magia aprensible. En contacto con ellos aprendías continuamente.

Y en estos días en que el escándalo Lexnet ha dejado ver las tripas del sistema y cuyo “refurbished” va para largo, me hallaba pensando en ello. En esa magia.

Por lo visto no he sido el único. De hecho, la mención que hace Enrique Ávila, Director del Centro Nacional de Excelencia en Ciberseguridad, a la difusión de un post por parte del compañero Jacob Peregrina, provocó que articulara las breves conclusiones que vais a leer a continuación, aunque reconozco que no están maduras del todo (la fruta verde no es muy comestible pero sugiere cosas, ¿no?):

Y es algo así. Hemos trasladado cada vez más partes de nuestra vida al mundo de los magos, al mundo donde los técnicos, los informáticos y, entre ellos, los expertos en ciberseguridad y hacking ético, pero también los malos, los ciberdelincuentes, en fin, todos ellos, son los dueños y señores.

Y luego, en ese mundo de ellos, estamos los mortales intentando que no se note mucho nuestra mortalidad, queriendo controlar los movimientos de los magos para que no se nos vayan mucho de la mano, exhibiéndoles papeles del siglo XIX y del siglo XX a los que llamamos leyes, con los que tratamos de impedir que ellos usen sus poderes, a nuestros ojos, prácticamente ilimitados.

Por poner un símil barato, aunque resultó ser una película muy cara y ruinosa, la situación me recuerda al Waterworld de Kevin Costner. Los mortales, los legos en los tecnicismos de la informática y los intríngulis de la ciberseguridad, somos meros nadadores siempre hambrientos y con aspecto de víctima, calados hasta los huesos. Mientras tanto, los magos no solo van en barcazas cargadas de víveres y armamento, sino que pueden modificar la naturaleza del agua para que no les moje o incluso bailar sobre ella sin hundirse.

Ahí es donde nos hemos ido a habitar cada vez más horas de nuestros días, donde estamos gestionando más y más parcelas de nuestra vida, sin conocer la naturaleza del medio, de forma caótica y sucumbiendo a la magia más cruda y rutinaria de los magos malos y a los ejercicios de defensa por parte de los magos buenos. Supongo que en una batalla entre gigantes quienes sufren los destrozos mayores son los enanos.

En este contexto, en el que no podemos impedir la magia por decreto ni donde siquiera tenemos auctoritas, conviene tener a los magos buenos a favor,  como aliados, como maestros de su conocimiento, como defensores de una ley código que deberá ser replanteada desde los cimientos para que sea posible la convivencia de la magia y de la mortalidad.

Porque, en términos estrictos de selección natural,  en ese mundo de magos, ¡lleno de hackers!, los mortales empezaremos a ser una especie en extinción.

Pongámonos en serio con esto. Aprendamos. Colaboremos.

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