El chico de la peineta

En el teatro de aquel instituto reinaba esa soledad previa del ponente conectando cacharros y haciendo de pipa de sí mismo para la prueba de luz y sonido.

Habían sido unas cuantas charlas esa semana y tenía la voz tocada, así que cuando apareció la coordinadora de estudios con un par de botellas de agua y me preguntó si necesitaría micrófono le dije que sí.

De pronto la horda de chicos, rebosando la puerta del fondo, y los profesores intentando contenerlos, como pastores de hormonas al trote, indicando a los ya escapados dónde sentarse, en medio de ese griterío de rutina escolar alterada por mi visita.

La coordinadora crea un silencio propio, autoritario pero cariñoso, para presentarme y darme paso. Les digo que voy a hablarles de los peligros de internet y ya hay veinte manos en alto. “Juntad todas las preguntas para el final, chicos”.

Todas las manos bajan, excepto una. Me fijo más y es una peineta, una gloriosa peineta de dedo corazón, fijo como un estandarte. El autor y portador es un chico sonriente de dentadura blanquísima y perfecta que mueve las cejas como Groucho Marx. Un profesor lo ha visto y entra hasta la butaca del chico para amonestarle.

Casi siempre empiezo con el tema de la adicción a los dispositivos y cómo extraer lo mejor de la tecnología y sus ventajas sin que las horas se vayan por un agujero negro, sin ser aprovechadas. Sé que es la parte donde ellos piensan que ellos “no tienen ningún problema y que ya está aquí este tío para decirnos que salgamos a jugar más a la calle y dejemos de ver tanto Youtube y de enredar con el WhatsApp o la consolita“, pero es programa de INCIBE y hay que darlo.

Les hablo luego de los problemas que están teniendo chavales como ellos, chicos que podrían ser ellos, y ahí estoy cuando algo me llama desde las butacas. Es la cabeza del chico de antes, alzando varias veces la barbilla. Cuando ve que he conectado con sus ojos, con sus dientes, alza de nuevo su peineta obscena y sin complejo.

Esta vez el profesor no lo ha advertido y se recrea agitando su peineta en el aire y gesticulando lascivamente. Aquí hay dos opciones: sigues ignorando o paras. Elegí lo segundo, porque estaba empezando a contagiar la peinitis a sus vecinos,  y me puse a mirarlo fijamente.

Antes de que pudiera pedirle explicaciones, una profesora había aparecido desde la penumbra del patio de butacas como un acomodador riguroso y agarró al chaval del brazo para llevárselo a la última fila.

La charla da un giro hacia los delitos informáticos y cómo todos podemos ser potenciales delincuentes. Hay escenarios reales de la ciberseguridad que parecen guiones de ciencia ficción, que ya es bastante impactante como para dramatizarla. Les hablo de una historia de buenos y de malos donde ellos son los protagonistas y que tienen que tomar parte para decidir si son héroes o villanos y que para ser lo segundo basta muchas veces no hacer nada…

Silencio atronador, caritas angelicales, algunas uñas mordidas, muchas dudas, y mi chico de la peineta, desde su confinamiento, con la cabeza apoyada en los antebrazos colocados sobre el respaldo del sillón que precede al suyo y pidiendo con los ojos que no dejase de hablar de aquello, diciéndome que ya no me ponía la peineta porque había conectado con él y que ya no era el capullo con traje que había venido a darles una monserga.

Dentro de mí sonaba el “Silent lucidity” de Queensrÿche como una melancólica victoria que empañarían las ávidas preguntas sobre la “ballena azul” que sabía me esperaban tras la última diapo.

Unos se dedican a tumbar webs. Yo me dedicaba a tumbar peinetas.

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