Aún sigue vivo

Recientemente he vuelto a ver a aquel fanfarrón del Ginos sobre el que escribí una nota en mi Tumblr hace 5 años y que hoy traigo al blog. Mismas maneras, mismo estilo y mismas lindezas, quizás menos pelo pero más gomina, pero ahí sigue, dándole duro a esta pandereta que es España

Esta fue aquella nota:

“No reparamos en él ni en su amigo cuando nos sentamos en una mesa del restaurante Ginos, contigua a la que ocupaban, pero el prota de esta historia no tardaría en hacerse notar. Lo primero que me llamó la atención fue su elevado tono de voz, como si deliberadamente quisiera que se enterase todo el local de su idiosincrasia. La muestra inicial de ese acervo cultural que atesoraba nos llegó sin que hubieran servido el pan, para digerirlo: “Hay muchos vicios en la vida: los coches, las mujeres y las drogas. Y hay que disfrutarlos todos, coño”.

Mi mujer y yo nos intercambiamos una franca sonrisa. Por entonces pensábamos que nos habíamos sentado al lado de un achispado catador de Lambrusco en horas de celebración y ¿quién no le ríe las gracias a un borrachín?

Al rato nuestro amigo recibe una llamada. Intercambió a plena voz unas palabras mitad negocios mitad cachondeíto con una tal “mi niña”, que es uno de los nombres de mujer más comunes en Salamanca, por encima si cabe de Vega y de María. La conversación fue mitad de papeles y reuniones y mitad de remedios que él le daría para aliviar a tal “mi niña” de tensiones así como de cosas que él hacía por las noches con otras muchas “mi niñas”, lo cual me hizo volver la cabeza hacia su mesa casi instintivamente, buscando los cascos vacíos de las botellas ya trasegadas.

Con temida perplejidad contrasté que nuestro individuo, y su amigo, que reía entre dientes asintiendo a todo lo que decía el primero por teléfono, como uno de esos perros que se colocan en las bandejas traseras de los coches, solo estaban bebiendo agua. Aquello había perdido la gracia porque era de las melopeas que no se pasaban tras una resaquilla. Era algo más estructural, horneado como el gratinado de la pizza, pero a lo largo de toda una vida:

“¿Qué te iba a decir, mi niña? Que me he comprado el Porsche Carrera… Sí, corre, corre…. Claro, por la autovía de Valladolid, a 260, ¡y a 290!, que si lo dejas se amaricona… Claro… Lo que tú quieras, mi niña… Tengo que ir luego por ¡piiii! (nombre de pueblo salmantino que me reservo)… ¿Qué te iba a decir? ¿Tú no conocías al alcalde? Le tengo que colocar el contrato de “tal” como sea… Y el mantenimiento…“

El restaurante se iba llenando pero el tipo parecía encontrarse en la pieza más reservada de su casa.

Por un instante desconecté y me sumí en la negrura. Pensé que fulanos como éste habían propiciado a España la puta ruina cultural y económica en la que pataleamos. Gente que, sin complejos y a pleno grito en un restaurante a las tres de la tarde, alardea de cometer varios delitos en la misma frase y ríase usted de los que se calla. Miserables que orondamente se pasan las leyes por el forro y derrochan con obscenidad una fortuna fácil levantada a base de sablazos, cohechos, amiguismos, quizá traiciones, y muchos palos al erario público. Tipos que brillan y se crecen ante otros tipos que asienten, miméticos, todas las gracietas y excesos de los primeros con tal de ir de copiloto en un Porsche Carrera jugando al GTA sin consola de por medio. Depredadores con VISA que igual podrían ser del Madrid, del Barça o del Atleti, judíos o cristianos, heteros u homos, blancos, negros o amarillos, de alta alcurnia o regular ralea. Enfermedad enquistada para largo en la piel de toro del país porque los cirujanos capaces de extirparla están emigrando o sucumbiendo. Espuma de un inmenso mar de víctimas, o la mierda que siempre flota.

Pasó por mi mente acercarme a su mesa y recriminarle su bochornosa conducta vital, zarandeándole cogido por las solapas. Luego pensé en arrojarle un vaso de agua a la cara. Y finalmente pensé que aquel hombre solamente era un genotipo y a los genotipos no se les puede abofetear ni zarandear, ni echarles agua con indignación.

Fue entonces cuando miré a mi hija de 6 años, sentada al lado de mi mujer. Afortunadamente no se había enterado de nada, abstraída en su juego con un álbum de pegatinas y en sus espagueti. En ella, en la niña, en los niños, a lo largo del día he visto la esperanza para el país, para la economía, para el gobierno, para la raza (cualquiera que sea nuestra raza), si conseguimos educarlos sin el ejemplo de este españolito que todos llevamos dentro o tenemos comiendo a nuestro lado y al que tenemos que dar matarile cuanto antes.”

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