Aquellos veranos

Los chicos nos echábamos a la calle después de “El coche fantástico” o “Galáctica”, cuando todavía ardía el asfalto. Íbamos a pegar unos pelotazos a la tapia de los Trinitarios o jugábamos descamisados al tenis en un paso de cebra sin más raqueta que la palma de la mano.

Algunas veces uno iba a pedirle al peluquero el Interviú atrasado y entonces nos sentábamos al quicio de una acera o debajo de una acacia de la calle Candelario a ver a la jamona de turno, con las cabezas muy juntas y sin prestarle atención a las letras de los articulistas. Éramos felices sin tres pesetas.

Carlitos era más mayor. Hacía pesas con la garrafa de la que bebíamos todos a morro y luego se daba un hunto de zanahoria en spray y rebañaba el sol hasta que se ocultaba por detrás del cementerio. Alguna vez jugaba una partida de tenis-cebra y se miraba el moreno del torso mientras el recogepelotas de turno recuperaba una bola. A Carlitos le admirábamos porque muchas noches venía a por él una mujer mayor en un Chrysler 180 rojo. Se decía que iban juntos a zigzaguear la Gran Vía y luego a subir al cielo de Salamanca.

Sobre las 9 bajaban a la calle los que habían tenido que trabajar por la tarde y entonces jugábamos al fútbol hasta que nos llamaban a cenar desde los balcones. El fútbol, los estudios y el trabajo eran los pasaportes para salir de aquel barrio de pobreza, para no acabar como los Terrones, el Zaleo o el Emiliano, con las venas flageladas por la heroína, para no terminar haciéndole los recados al dueño del puticlub, que luego fue una mercería y luego una tienda de fotocopias.

Recuerdo que aquellos veranos empezaban con la hoguera de San Juan en la campa de la Avenida Salamanca. Íbamos por las casas bajas del barrio Blanco y del Carmen a que nos dieran tablones carcomidos de formica o puertas astilladas; el ebanista del Regato del Anís siempre nos daba un saco de serrín y nos decía, con la sonrisa del niño que fue, “Ya veréis qué bien arde”.

Pero un año llegó el Pryca a patrocinar la hoguera. Unos hombres de mono azul cobalto hicieron un perímetro con una cinta de plástico donde se anunciaba la marca del hipermercado y formaron una pirámide con más de 100 neumáticos y otros restos de almacén. Nos habían arrebatado ese momento en que nos sentíamos importantes porque a nuestras hogueras venía mucha gente de otros barrios a mirarla con ojos brillantes y soñadores. Ese año el humo, negro y gomoso, ocultó las estrellas sobre la campa.

Luego, en agosto, muchos se iban al pueblo y la calle era un desierto de asfalto, una quietud grave que invitaba a leer y terminar de una vez aquella colección de Salvat que uno había heredado.

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